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©2009 ~Zrein
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Collage basado en el relato de "El hombre que confuncdió a su mujer con un sombrero"

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

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1
El doctor P. era un músico distinguido, había sido famoso como
cantante, y luego había pasado a ser profesor de la Escuela de Música
local. Fue en ella, en relación con sus alumnos, donde empezaron a
producirse ciertos extraños problemas. A veces un estudiante se
presentaba al doctor P. y el doctor P. no lo reconocía; o, mejor, no
identificaba su cara. En cuanto el estudiante hablaba, lo reconocía por
la voz. Estos incidentes se multiplicaron, provocando situaciones
embarazosas, perplejidad, miedo... y, a veces, situaciones cómicas.
Porque el doctor P. no sólo fracasaba cada vez más en la tarea de
identificar caras, sino que veía caras donde no las había: podía ponerse,
afablemente, a lo Magoo, a dar palmaditas en la cabeza a las bocas de
incendios y a los parquímetros, creyéndolos cabezas de niños; podía
dirigirse cordialmente a las prominencias talladas del mobiliario y
quedarse asombrado de que no contestasen. Al principio todos se
habían tomado estos extraños errores como gracias o bromas, incluido
el propio doctor P. ¿Acaso no había tenido siempre un sentido del
humor un poco raro y cierta tendencia a bromas y paradojas tipo Zen?
Sus facultades musicales seguían siendo tan asombrosas como
siempre; no se sentía mal... nunca en su vida se había sentido mejor; y
los errores eran tan ridículos (y tan ingeniosos) que difícilmente podían
considerarse serios o presagio de algo serio. La idea de que hubiese
«algo raro» no afloró hasta unos tres años después, cuando se le
diagnosticó diabetes. Sabiendo muy bien que la diabetes le podía
afectar a la vista, el doctor P. consultó a un oftalmólogo, que le hizo un
cuidadoso historial clínico y un meticuloso examen de los ojos. «No tiene
usted nada en la vista», le dijo. «;Pero tiene usted problemas en las zonas
visuales del cerebro. Yo no puedo ayudarle, ha de ver usted a un
neurólogo. » Y así, como consecuencia de este consejo, el doctor P.
acudió a mí.
Se hizo evidente a los pocos segundos de iniciar mi entrevista con él
que no había rastro de demencia en el sentido ordinario del término.
Era un hombre muy culto, simpático, hablaba bien, con fluidez, tenía
imaginación, sentido del humor. Yo no acababa de entender por qué lo
habían mandado a nuestra clínica.
Y sin embargo había algo raro. Me miraba mientras le hablaba,
estaba orientado hacia mí, y, no obstante, había algo que no encajaba
del todo... era difícil de concretar. Llegué a la conclusión de que me
abordaba con los oídos, pero no con los ojos. Éstos, en vez de mirar, de
observar, hacia mí, «de fijarse en mí», del modo normal, efectuaban
fijaciones súbitas y extrañas (en mi nariz, en mi oreja derecha, bajaban
después a la barbilla, luego subían a mi ojo derecho) como si captasen,
como si estudiasen incluso, esos elementos individuales, pero sin verme
la cara por entero, sus expresiones variables, «a mí», como totalidad. No
estoy seguro de que llegase entonces a entender esto plenamente, sólo
tenía una sensación inquietante de algo raro, cierto fallo en la relación
normal de la mirada y la expresión. Me veía, me registraba, y sin
embargo...
—¿Y qué le pasa a usted? —le pregunté por fin.
—A mí me parece que nada —me contestó con una sonrisa— pero
todos me dicen que me pasa algo raro en la vista.
;Pero usted no nota ningún problema en la vista.
—No, directamente no, pero a veces cometo errores.
Salí un momento del despacho para hablar con su esposa. Cuando
volví, él estaba sentado junto a la ventana muy tranquilo, atento,
escuchando más que mirando afuera.
—Tráfico —dijo— ruidos callejeros, trenes a lo lejos... componen
como una sinfonía, ¿verdad, doctor? ¿Conoce usted Pacific 234 de
Honegger?
Qué hombre tan encantador, pensé. ¿Cómo puede tener algo grave?
¿Me permitirá examinarle?
—Sí, claro, doctor Sacks.
Apacigüé mi inquietud, y creo que la suya, con la rutina
tranquilizadora de un examen neurológico: potencia muscular,
coordinación, reflejos, tono... Y cuando examinaba los reflejos (un poco
anormales en el lado izquierdo) se produjo la primera experiencia
extraña. Yo le había quitado el zapato izquierdo y le había rascado en la
planta del pie con una llave (un test de reflejos frívolo en apariencia
pero fundamental) y luego, excusándome para guardar el oftalmoscopio,
lo dejé que se pusiera el zapato. Comprobé sorprendido al cabo de un
minuto que no lo había hecho.
—¿Quiere que le ayude? —;pregunté.
—¿Ayudarme a qué? ¿Ayudar a quién?
—Ayudarle a usted a ponerse el zapato.
—Ah, sí —dijo— se me había olvidado el zapato —y añadió, sotto
voce—: ¿El zapato? ¿El zapato?
Parecía perplejo.
—El zapato —repetí—. Debería usted ponérselo.
Continuaba mirando hacia abajo, aunque no al zapato, con una
concentración intensa pero impropia. Por último posó la mirada en su
propio pie.
—¿Éste es mi zapato, verdad?
¿Había oído mal yo? ¿Había visto mal él?
—Es la vista —explicó, y dirigió la mano hacia el pie—. Éste es mi
zapato, ¿verdad?
—No, no lo es. Ése es el pie. El zapato está ahí.
—¡Ah! Creí que era el pie.
¿Bromeaba? ¿Estaba loco? ¿Estaba ciego? Si aquél era uno de sus
«extraños errores», era el error más extraño con que yo me había
tropezado en mi vida.
Le ayudé a ponerse el zapato (el pie), para evitar más complicaciones.
Él, por otra parte, estaba muy tranquilo, indiferente, hasta parecía
haberle hecho gracia el incidente. Seguí con el examen. Tenía muy
buena vista: veía perfectamente un alfiler puesto en el suelo, aunque a
veces no lo localizaba si quedaba a su izquierda.
Veía perfectamente, pero ¿qué veía? Abrí un ejemplar de la revista
National Geographic y le pedí que me describiese unas fotos.
Las respuestas fueron en este caso muy curiosas. Los ojos iban de
una cosa a otra, captando pequeños detalles, rasgos aislados, haciendo
lo mismo que habían hecho con mi rostro. Una claridad chocante, un
color, una forma captaban su atención y provocaban comentarios...
pero no percibió en ningún caso la escena en su conjunto. No era capaz
de ver la totalidad, sólo veía detalles, que localizaba como señales en
una pantalla de radar. Nunca establecía relación con la imagen como
un todo... nunca abordaba, digamos, su fisonomía. Le era imposible
captar un paisaje, una escena.
Le enseñé la portada de la revista, una extensión ininterrumpida de
dunas del Sahara.
—¿Qué ve usted aquí? —le pregunté
—Veo un río —dijo—. Y un parador pequeño con la terraza que da al
río. Hay gente cenando en la terraza. Veo unas cuantas sombrillas de
colores.
No miraba, si aquello era «mirar», la portada sino el vacío, y
confabulaba rasgos inexistentes, como si la ausencia de rasgos
diferenciados en la fotografía real le hubiese empujado a imaginar el río
y la terraza y las sombrillas de colores.
Aunque yo debí poner mucha cara de horror, él parecía convencido
de que lo había hecho muy aceptablemente. Hasta esbozó una sombra
de sonrisa. Pareció también decidir que la visita había terminado y
empezó a mirar en torno buscando el sombrero. Extendió la mano y
cogió a su esposa por la cabeza intentando ponérsela. ¡;Parecía haber
confundido a su mujer con un sombrero! Ella daba la impresión de
estar habituada a aquellos percances.
Yo no podía explicar coherentemente lo que había ocurrido de
acuerdo con la neurología convencional (o neuropsicología). El doctor P.
parecía estar por una parte en perfecto estado y por otra absoluta e
incomprensiblemente trastornado. ¿Cómo podía, por un lado, confundir
a su mujer con un sombrero, y, por otro, trabajar, como trabajaba al
parecer, de profesor en la Escuela de Música?
Tenía que rumiarme bien aquello, que verlo otra vez... y verlo en el
ambiente familiar, en su casa.
Al cabo de unos días fui a ver al doctor P. y a su esposa a su casa,
con la partitura de la Dichterliebe en la cartera (sabía que le gustaba
Schumann), y una serie de extraños artilugios para las pruebas de
percepción. La señora P. me hizo pasar a un soberbio apartamento que
evocaba el Berlín fin-de-siécle. Presidía la estancia un majestuoso y
antiguo Bösendorfer, y alrededor había atriles de música, instrumentos,
partituras... Había libros, cuadros, pero la música era lo básico. Llegó el
doctor P., un poco encorvado, y avanzó, distraído, la mano extendida,
hacia el reloj de péndulo, pero al oír mi voz se corrigió y me dio la mano.
Nos saludamos y hablamos un rato de los conciertos y actuaciones
musicales del momento. Le pregunté, tímidamente, si podría cantar.
—¡La Dichterliebe! —exclamó—. Pero yo ya no puedo leer la música.
Tocará usted el piano, ¿de acuerdo?
Dije que lo intentaría. En aquel venerable y maravilloso instrumento
hasta mi interpretación sonaba bien, y el doctor P. era un Fischer-
Dieskau veterano pero infinitamente suave, que combinaba una voz y
un oído perfectos con la inteligencia musical más penetrante. Era
evidente que en la Escuela de Música no seguían teniéndolo como
profesor por caridad.
Los lóbulos temporales del doctor P. estaban intactos, no cabía duda
alguna: tenía un córtex musical maravilloso. ¿Qué tendría, me
preguntaba yo, en los lóbulos parietal y occipital, sobre todo en las
partes en que se producen los procesos de la visión? Llevaba los sólidos
platónicos en el equipo neurológico y decidí empezar por ellos.
—¿Qué es esto? —;pregunté, extrayendo el primero.
—Un cubo, por supuesto.
—¿Y esto? —;pregunté, esgrimiendo otro.
Me preguntó si podía examinarlo, y lo hizo rá;pida y
sistemáticamente:
—Un dodecaedro, por supuesto. Y no se moleste con los demás... ése
de ahí es un icosaedro.
Era evidente que las formas abstractas no planteaban ningún
problema. ¿Y las caras? Saqué una baraja. Identificó inmediatamente
todas las cartas, incluidas las jotas, las reinas, los reyes y el comodín.
Pero se trataba, claro, de dibujos estilizados, y era imposible determinar
si veía rostros o sólo ciertas pautas. Decidí mostrarle un libro de
caricaturas que llevaba en la cartera. También en este caso respondió
bien mayoritariamente. El puro de Churchill, la nariz de Schnozzle: en
cuanto captaba un rasgo podía identificar la cara. Pero las caricaturas
son también formales y esquemáticas. Había que ver cómo se las
arreglaba con rostros reales, representados de forma realista.
Puse la televisión, sin el sonido, y me topé con una película antigua
de Bette Davis. Se estaba desarrollando una escena de amor. El doctor
P. no fue capaz de identificar a la actriz... pero esto podría deberse a
que la actriz nunca hubiese entrado en su mundo. Lo que resultaba ya
más sorprendente era que no lograba identificar las expresiones de la
actriz ni las de su pareja, aunque a lo largo de una sola escena tórrida
dichas expresiones pasaron del anhelo voluptuoso a la pasión, la
sorpresa, el disgusto y la furia, a una reconciliación tierna. El doctor P.
no fue capaz de apreciar nada de todo esto. No parecía enterarse de lo
que estaba sucediendo, de quién era quién, ni siquiera de qué sexo
eran. Sus comentarios sobre la escena eran claramente marcianos.
Cabía la posibilidad de que parte de sus dificultades se debiesen a la
irrealidad de un mundo hollywoodense de celuloide; pensé que quizás
tuviese más éxito identificando caras de su propia vida. Había por las
paredes fotos de la familia, de colegas, de alumnos, fotos suyas. Cogí
unas cuantas y se las enseñé, no sin cierta aprensión. Lo que había
resultado divertido, o chistoso, en relación con la película, resultaba
trágico en la vida real. No identificó en realidad a nadie: ni a su familia
ni a los colegas ni a los alumnos; ni siquiera se reconocía él mismo.
Identificó en una foto a Einstein por el bigote y el cabello
característicos; y lo mismo sucedió con una o dos personas más.
—¡Ah sí, Paul! —dijo cuando le enseñé una foto de su hermano—.
Esa mandíbula cuadrada, esos dientes tan grandes... ¡Reconocería a
Paul en cualquier parte!
¿;Pero había reconocido a Paul o había identificado uno o dos de sus
rasgos y podía en base a ellos formular una conjetura razonable sobre
su identidad? Si faltaban «indicadores» obvios se quedaba totalmente
perdido. Pero no era sólo que fallase la cognición, la gnosis; había algo
fundamentalmente impropio en toda su forma de proceder. Abordaba
aquellas caras (hasta las más próximas y queridas) como si fuesen
pruebas o rompecabezas abstractos. No se relacionaba con ellas, no
contemplaba. Ningún rostro le era familiar, no lo veía como
correspondiendo a una persona, lo identificaba sólo como una serie de
elementos, como un objeto. Así pues, había gnosis formal pero ni rastro
de gnosis personal. Y junto a esto estaba su indiferencia o ceguera, a la
expresión. Un rostro es, para nosotros, una persona que mira... vemos,
digamos, a la persona, a través de su persona, su rostro. Pero para el
doctor P. no existía ninguna persona en este sentido... no había persona
exterior ni persona interior.
Yo había parado en una floristería de camino hacia su apartamento y
me había comprado una rosa roja un poco extravagante para el ojal de
la solapa. Me la quité y se la di. La cogió como un botánico o un
morfólogo al que le dan un espécimen, no como una persona a la que le
dan una flor.
—Unos quince centímetros de longitud —comentó—. Una forma roja
enrollada con un añadido lineal verde.
—Sí —dije animándole— ¿Y qué cree usted que es, doctor P. ?
—No es fácil de decir —;parecía desconcertado—. Carece de la
simetría simple de los sólidos platónicos, aunque quizás tenga una
simetría superior propia... creo que podría ser una inflorescencia o una
flor.
—¿;Podría ser? —inquirí.
;Podría ser —confirmó.
—Muélala —;propuse, y de nuevo pareció sorprenderse un poco, como
si le hubiese pedido que oliese una simetría superior. Pero accedió
cortés y se la acercó a la nariz. Entonces, bruscamente, revivió.
—¡Qué maravilla! —exclamó—. Una rosa temprana. ¡Qué aroma
celestial!
Comenzó a tararear «Die Rose, die Lillie... » Parecía que el olor podía
transmitir la realidad pero la vista no.
Pasé a hacer una última prueba. Era un día frío de principios de
primavera y yo había dejado el abrigo y los guantes en el sofá.
—¿Qué es esto? —;pregunté, enseñándole un guante.
—¿;Puedo examinarlo? —;preguntó y, cogiéndolo, pasó a examinarlo lo
mismo que había examinado las formas geométricas.
—Una superficie continua —;proclamó al fin— plegada sobre sí
misma. Parece que tiene —vaciló— cinco bolsitas que sobresalen, si es
que se las puede llamar así.
—Sí, bien —dije cautamente—. Me ha hecho usted una descripción.
Ahora dígame qué es.
—¿Algún tipo de recipiente?
—Sí —dije— ¿y qué contendría?
—¡Contendría su contenido! —dijo el doctor P. con una carcajada—.
Hay muchas posibilidades. Podría ser un monedero, por ejemplo, para
monedas de cinco tamaños. Podría...
Interrumpí aquel flujo descabellado.
—¿No le resulta familiar? ¿Cree usted que podría contener, que
podría cubrir, una parte de su cuerpo?
No afloró a su rostro la menor señal de reconocimiento (1).
Ningún niño habría sido capaz de ver allí «una superficie continua...
plegada sobre sí misma» y de expresarlo así, pero cualquier niño, hasta
un niño pequeño, identificaría inmediatamente un guante como un
guante, lo vería como algo familiar, asociado a una mano. El doctor P.
no. Nada le parecía familiar. Visualmente se hallaba perdido en un
mundo de abstracciones sin vida. No tenía en realidad un verdadero
mundo visual, lo mismo que no tenía un verdadero yo visual. Podía
hablar de las cosas pero no las veía directamente. Hughlings Jackson,
hablando de pacientes con afasia y con lesiones del hemisferio
izquierdo, dice que han perdido el pensamiento «abstracto» y
«;proposicional», y los compara a los perros (o compara, más bien, a los
perros con los pacientes con afasia). El doctor P. actuaba, en realidad,
exactamente igual que actúa una máquina. No se trataba sólo de que
mostrase la misma indiferencia que un ordenador hacia el mundo
visual sino que (aun más sorprendente) construía el mundo como lo
construye un ordenador, mediante rasgos distintivos y relaciones
esquemáticas. Podía identificar el esquema (a la manera de un «equipo
de identificación»;) sin captar en absoluto la realidad.
Las pruebas que había realizado hasta aquel momento no me
revelaban nada del mundo interior del doctor P. ¿Era posible que su
imaginación y su memoria visual se conservasen intactas? Le dije que
imaginase que entraba en una de nuestras plazas locales por el lado
norte, que la cruzase, con la imaginación o la memoria, y que me dijese
por delante de qué edificios podría pasar al cruzarla. Enumeró los
edificios que quedaban a su derecha, pero ninguno de la izquierda.
Luego le pedí que imaginase que entraba en la plaza por el sur. Sólo
mencionó de nuevo los edificios del lado derecho, pese a ser los mismos
que había omitido antes. Los que había «visto» interiormente antes no
los mencionaba ahora; era de suponer que no los «veía» ya. No cabía la
menor duda de que los problemas que tenía con el lado izquierdo, sus
déficits del campo visual, eran tanto internos como externos,
biseccionaban su imaginación y su memoria visual.
¿ Y qué decir, a un nivel superior, de su visualización interna?
Pensando en la intensidad casi alucinatoria con que Tolstoi visualiza y
anima a sus personajes, le hice preguntas al doctor P. sobre Ana
Karenina. Recordaba sin problema los incidentes, no había deficiencia
alguna en su dominio de la trama, pero omitía completamente las
características visuales, la narración visual y las escenas. Recordaba lo
que decían los personajes pero no sus caras; y aunque podía citar
textualmente, si se le preguntaba, gracias a su notable memoria, una
memoria casi literal, las descripciones visuales originales, dichas
descripciones eran para él, según se hizo evidente, algo absolutamente
vacío y carente de realidad sensorial, imaginativa o emocional. Así pues,
había también agnosia interna (2).
Pero esto sólo sucedía, según se pudo comprobar, con ciertos tipos de
visualización. La visualización de caras y escenas, de lo visual
dramático y narrativo... se hallaba profundamente alterada, era
prácticamente inexistente. Pero, cuando inicié con él una partida
mental de ajedrez no tuvo la menor dificultad para visualizar el tablero
o los movimientos... no tuvo ninguna dificultad, de hecho, para darme
una soberana paliza.
Luria decía de Zazetsky que había perdido por completo la capacidad
para los juegos pero que mantenía intacta su «vivida imaginación».
Zazetsky y el doctor P. habitaban mundos que eran imágenes
especulares el uno del otro. Pero la diferencia más triste que había entre
ellos era que, como decía Luria, Zazetsky «luchaba por recuperar las
facultades perdidas con la indomable tenacidad de los condenados»,
mientras que el doctor P. no luchaba, no sabía lo que había perdido, no
tenía ni idea de que se hubiese perdido cosa alguna. ¿Qué era más
trágico o quién estaba más condenado: el que lo sabía o el que no lo
sabía?
Una vez terminada la revisión, la señora P. nos mandó sentarnos a la
mesa, donde había café y un delicioso surtido de pastas. El doctor P.,
con evidente apetito, canturreando, se abalanzó sobre las pastas.
;pida, ágil, automática y melodiosamente atrajo hacia sí las fuentes y
fue cogiendo pastas en un gran flujo gorgoteante, una canción
comestible de alimentos hasta que, de pronto, se produjo una
interrupción: se oyó un golpeteo ruidoso y perentorio en la puerta.
Sorprendido, desconcertado, paralizado por la interrupción, el doctor P.
dejó de comer y se quedó congelado, inmóvil en la mesa, con una
expresión de desconcierto ciego, indiferente. Veía la mesa, pero ya no la
veía; no la percibía ya como una mesa llena de pastas. Su esposa le
sirvió café: el aroma le cosquilleó el olfato y lo devolvió a la realidad. Se
reinició la melodía de la hora de comer.
¿Cómo puede ser capaz de hacer las cosas? ¿Qué pasa cuando se
viste, cuando va al retrete, cuando se da un baño? Seguí a su esposa a
la cocina y le pregunté cómo se las arreglaba, por ejemplo, para
vestirse.
—Es lo mismo que cuando come —me explicó—. Yo le coloco la ropa
que va a ponerse en el sitio de siempre y él se viste sin ningún
problema, canturreando. Todo lo hace así, canturreando. Pero si hay
algo que lo interrumpe y pierde el hilo, se paraliza del todo, no reconoce
la ropa... ni su propio cuerpo. Canta siempre: canciones para la comida,
para vestirse, para bañarse, para todo. No puede hacer nada si no lo
convierte en una canción.
Mientras hablábamos me llamaron la atención los cuadros de las
paredes.
—Sí —dijo la señora P. — era un pintor de grandes dotes además de
cantante. La Escuela hacía todos los años una exposición de sus
cuadros.
Fui examinándolos lleno de curiosidad, estaban dispuestos por orden
cronológico. El primer período era naturalista y realista, la atmósfera y
el talante vividos y expresivos, pero delicadamente detallados y
concretos. Luego, con los años, iban perdiendo vida, eran menos
concretos, menos realistas y naturalistas, mucho más abstractos, y
hasta geométricos y cubistas. Por fin, en los últimos cuadros, los
lienzos se hacían absurdos, o absurdos para mí... meras masas y líneas
de pintura caóticas. Se lo comenté a la señora P.
—¡Ay, ustedes los médicos son todos unos filisteos! —exclamó—. Es
que no es capaz de apreciar la evolución artística... de ver que renunció
al realismo de su primer período y fue evolucionando hacia el arte
abstracto y no representativo.
«No, no es eso», dije para mí (pero me abstuve de decírselo a la pobre
señora P. ). Había pasado del realismo al arte no representativo y al arte
abstracto, ciertamente, pero no era una evolución del artista sino de la
patología... evolucionaba hacia una profunda agnosia visual, en la que
iba desapareciendo toda capacidad de representación e imaginación,
todo sentido de lo concreto, todo sentido de la realidad. Aquella serie de
cuadros era una exposición trágica, que no pertenecía al arte sino a la
patología.
Y sin embargo, me pregunté, ¿no tendría razón en parte la señora P.
? Porque suele haber una lucha y a veces, aun más interesante, una
connivencia entre las fuerzas de la patología y las de la creación. Quizás
en su período cubista pudiera haberse dado una evolución artística y
patológica al mismo tiempo, confabuladas para crear formas originales;
ya que, si bien podía ir perdiendo capacidad para lo concreto, iba
ganándola en lo abstracto, adquiriendo una mayor sensibilidad hacia
todos los elementos estructurales, líneas, límites, contornos: una
capacidad casi picassiana para ver, y representar también, esas
organizaciones abstractas incrustadas, y normalmente perdidas, en lo
concreto... Aunque en los últimos cuadros sólo hubiese, en mi opinión,
agnosia y caos.
Regresamos al gran salón de música presidido por el Bösendorfer. El
doctor P. tarareaba ya su última pasta.
—Bueno, doctor Sacks —me dijo—. Ya veo que le parezco a usted un
caso interesante. ¿;Puede decirme qué trastorno tengo y aconsejarme
algo?
—No puedo decirle cuál es el problema —contesté— pero le diré lo
que me parece magnífico de usted. Es usted un músico maravilloso y la
música es su vida. Lo que yo prescribiría, en un caso como el suyo,
sería una vida que consistiese enteramente en música. La música ha
sido el centro de su vida, conviértala ahora en la totalidad.
Esto fue hace cuatro años... No volví a verlo más, pero me pregunté
con frecuencia cómo captaría el mundo, con aquella extraña pérdida de
imagen, de visualidad, y aquella conservación perfecta de un gran
sentido musical. Creo que para él la música había ocupado el lugar de
la imagen. No tenía ninguna imagen corporal, tenía una música
corporal: por eso podía desenvolverse y actuar con la facilidad con que
lo hacía, pero si cesaba la «música interior», se quedaba absolutamente
desconcertado y paralizado. E igualmente con el exterior, el mundo...
(3).
En El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer dice que
la música es «voluntad pura». Cómo le habría fascinado el doctor P., un
hombre que había perdido completamente el mundo como
representación, pero que lo había preservado totalmente como música o
voluntad.
Y esto, por suerte, persistió hasta el final, pues a pesar del avance
gradual de la enfermedad (un proceso degenerativo o tumor enorme en
las zonas visuales del cerebro) el doctor P. enseñó música y la vivió
hasta los últimos días de su vida.
Postdata
¿Cómo hemos de interpretar esa extraña incapacidad del doctor P.
para interpretar, para identificar un guante como un guante? Es
evidente que en este caso, a pesar de su facilidad para formular
hipótesis cognitivas, no era capaz de hacer un juicio cognitivo. El juicio
es intuitivo, personal, global y concreto: «vemos» cómo están las cosas,
en relación unas con otras y consigo mismas. Era precisamente este
marco, esta relación, lo que le faltaba al doctor P. (aunque su juicio
fuese despierto y normal en todos los demás aspectos). ¿Se debía a una
falta de información visual o a un proceso de información visual
defectuoso?, (ésta habría sido la explicación de una neurología
esquemática, clásica). ¿O faltaba algo en la actitud del doctor P., que le
impedía relacionar lo que veía consigo mismo?
Estas explicaciones, o formas de explicación, no son mutuamente
excluyentes: al ser formas distintas podrían coexistir y ser ciertas
ambas. Y esto lo admite, implícita o explícitamente, la neurología
clásica: implícitamente lo admite Macrae cuando considera inadecuada
la explicación de los esquemas defectuosos, o de la integración y el
proceso visual defectuosos; y explícitamente Goldstein cuando habla de
«actitud abstracta». Pero lo de actitud abstracta, que admite
«categorización», no parece aplicable tampoco en el caso del doctor P....
ni quizás al concepto de «juicio» en general. Pues el doctor P. tenía una
actitud abstracta... en realidad no tenía nada más. Y era precisamente
esto, ese carácter absurdamente abstracto de su actitud (absurdo
porque no se mezclaba con ninguna otra cosa) lo que le impedía percibir
identidades o detalles individuales, lo que le privaba del juicio.
Curiosamente, aunque la neurología y la psicología hablen de todo lo
demás, casi nunca hablan del «juicio»... y sin embargo es en concreto el
desmoronamiento del juicio (en sectores específicos, como en el caso del
doctor P. o, de un modo más general, como en pacientes con el
síndrome de Korsakov o con afectación del lóbulo frontal, como veremos
luego en los capítulos doce y trece) lo que constituye la esencia de
muchos trastornos neuropsicológicos. El juicio y la identidad pueden
figurar en la lista de bajas... pero la neuropsicología jamás habla de
ellos.
Y sin embargo, sea en un sentido filosófico (el sentido de Kant) o en
un sentido empírico y evolucionista, el juicio es la facultad más
importante que tenemos. Un animal, o un hombre, pueden
arreglárselas muy bien sin «actitud abstracta» pero perecerán sin
remedio privados de juicio. El juicio debiera ser la primera facultad de la
vida superior o de la mente, y sin embargo la neurología clásica
(computacional) lo ignora o lo interpreta erróneamente. Y si
investigásemos cómo pudo llegarse a una situación tan absurda,
veríamos que es algo que nace de los supuestos, o de la evolución, de la
propia neurología. Porque la neurología clásica (como la física clásica)
siempre ha sido mecanicista, desde las analogías mecánicas de
Hughlings Jackson hasta las analogías de hoy con los ordenadores.
Por supuesto el cerebro es una máquina y un ordenador: todo lo que
dice la neurología clásica es válido. Pero los procesos mentales, que
constituyen nuestro ser y nuestra vida, no son sólo abstractos y
mecánicos sino también personales... y, como tales, no consisten sólo
en clasificar y establecer categorías, entrañan también sentimientos y
juicios continuos. Si no los hay, pasamos a ser como un ordenador, que
era lo que le sucedía al doctor P. Y, por lo mismo, si eliminamos
sentimiento y juicio, lo personal, de las ciencias cognoscitivas, las
reducimos a algo tan deficiente como el doctor P.: y reducimos nuestra
capacidad de captar lo concreto y real.
Por una especie de analogía cómica y terrible, la psicología y la
neurología cognoscitiva de hoy se parecen muchísimo al pobre doctor P.
Necesitamos lo real y concreto tanto como lo necesitaba él; y no nos
damos cuenta, lo mismo que él. Nuestras ciencias cognoscitivas
padecen también una agnosia similar en el fondo a la del doctor P. El
doctor P. puede pues servirnos de advertencia y parábola de lo que le
sucede a una ciencia que evita lo relacionado con el juicio, lo particular,
lo personal y se hace exclusivamente abstracta y estadística.
He lamentado muchísimo siempre que, por circunstancias que yo no
podía controlar, no pudiese seguir con su caso más tiempo, haciendo
observaciones e investigaciones como las ya descritas o evaluando la
patología concreta de la enfermedad.
Uno siempre teme que un caso sea «único», sobre todo si tiene unas
características tan extraordinarias como el del doctor P. Por eso sentí
muchísimo interés y una gran alegría, y también cierto alivio, cuando
descubrí (pura casualidad, ojeando un número de la revista Brain de
1956) una descripción detallada de un caso casi ridículamente similar
(en realidad idéntico) desde el punto de vista neuropsicológico y desde
el fenomenológico, aunque la patología subyacente (una lesión grave en
la cabeza) y todas las circunstancias personales fuesen completamente
distintas. Los autores hablan de su caso como «único en la historia
documentada de este trastorno»... y es evidente que se quedaron
asombrados, como yo, con lo que descubrieron (4). Remito al lector
interesado al artículo original, Macrae y Trolle (1956), del que añado
aquí una breve paráfrasis, con citas literales.
Su paciente era un hombre de treinta y dos años que, después de un
grave accidente de automóvil, a resultas del cual permaneció
inconsciente tres semanas, «... se quejaba, exclusivamente, de una
incapacidad para identificar caras, incluso las de su esposa y sus hijos.
Ni una sola cara le resultaba "familiar", pero había tres que podía
identificar; se trataba de compañeros de trabajo: uno con un tic que le
hacía guiñar un ojo, otro con un lunar grande en la mejilla y un tercero
«;porque era tan alto y tan delgado que no había otro que fuese como él».
Macrae y Trolle destacan el hecho de que los reconocía «sólo por ese
único rasgo distintivo mencionado». En general (lo mismo que el doctor
P. ) identificaba a los miembros de su familia sólo por las voces.
Le resultaba difícil incluso reconocerse en el espejo, como explican
detalladamente Macrae y Trolle: «En la primera fase de la convalecencia
era frecuente que se preguntase, en especial al afeitarse, si la cara que
lo miraba era la suya de verdad, y aunque supiese que no podía ser
otra, hacía muecas a veces o sacaba la lengua "sólo para cerciorarse".
Examinando detenidamente su rostro en el espejo empezó poco a poco a
identificarlo, pero "no al momento" como en el pasado: se basaba en el
pelo y en el perfil facial y en dos lunares pequeños que tenía en la
mejilla izquierda».
Podía reconocer los objetos, en general, «con una ojeada» pero tenía
que seleccionar uno o dos rasgos y partir de ellos... a veces sus
conjeturas resultaban absurdas. Según indican los autores tenía
dificultades especiales con lo animado.
Por otra parte, no tenía problema alguno con objetos simples y
esquemáticos como unas tijeras, un reloj, una llave, etcétera. Macrae y
Trolle indican también que: «Su memoria topográfica era extraña: se
daba la aparente paradoja de que era capaz de recorrer el camino desde
su casa al hospital y andar por el hospital y sin embargo no era capaz
de nombrar las calles que recorría (a diferencia del doctor P. que tenía
también cierta afasia) ni parecía visualizar la topografía».
Era también evidente que los recuerdos visuales de personas, incluso
de mucho antes del accidente, habían quedado gravemente afectados:
había recuerdo del comportamiento, o quizás de una actitud, pero no de
la apariencia visual o de la cara. Parecía también, cuando se le
preguntaba detenidamente, que no tenía ya imágenes visuales en sus
sueños. Así pues, como en el caso del doctor P., no sólo estaba
fundamentalmente dañada en este paciente la percepción visual sino la
memoria y la imaginación visuales, las facultades fundamentales de
representación visual... o al menos esas facultades en lo tocante a lo
personal, lo familiar y lo concreto.
Una última cuestión, humorística. Lo mismo que el doctor P. podía
confundir a su esposa con un sombrero, el paciente de Macrae, también
incapaz de reconocer a su esposa, necesitaba que ésta se identificase
mediante un indicador visual, «... una prenda llamativa, como por
ejemplo un sombrero grande».

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